viernes, 9 de enero de 2009

Breve sinfonía (Capítulo 4)

Breve sinfonía



BREVE SINFONÍA DE UN CRIMEN SIN REMORDIMIENTOS


Pertenece a TORÁX, Copyright © 2008 Cristián Berríos, todos los derechos reservados.

CAPÍTULO 4: LAS TRIBULACIONES


Atormentado, Diego observaba sus manos cubiertas de sangre con frecuencia. Cuando abría el grifo del agua escuchaba voces de espectros, al mirarse al espejo notaba la presencia de otra persona a su espalda. Al menos le acechaban 2 personas: Isabel y un auxiliar de aspecto temible que a veces divisaba en un pasillo trapeando el piso.

Isabel estaba muerta y ningún otro paciente le notaba. Diego volteaba a la hora de almuerzo y la veía sentada a su lado y mirándole fijamente. En la bañera, al borde de la cama, en el jardín. Simultáneamente acudían a su mente la imagen de una cocina con paredes ensangrentadas, un cuchillo e Isabel tendida e inerte sobre una mesa. Entonces se desesperaba y los enfermeros le suministraban inyecciones para calmarle.

Martín Vidal le acompañaba a menudo, pero Diego se evadía e imaginaba que corría con el cadáver de Isabel en brazos por los pasillos del Hospital, el patio, las calles de la ciudad sin que recibiera ninguna ayuda. El rostro de Raquel San Sebastián, la mujer que quiso apuñalarle a su llegada al siquiátrico, gritaba asesino en sueños y cavilaciones. Luego se transportaba a un tribunal de justicia y Raquel le reprochaba un crimen que no recordaba mientras la fuerza pública le conducía esposado.

“¿Fue mi culpa?” preguntaba Diego Acosta a Isabel mientras soñaba con ella, “¿Puedes decirme cual fue el daño que te hice?...¿Puedes perdonarme?” interrogaba en vano.

Entonces despertaba sujeto por las correas de seguridad de su cama y las palabras se ahogaban en sus labios. Los rostros de Martín Vidal, la Dra. Rebeca Menares, el Dr. Benavente y los otros internos solían desfigurarse y sus palabras sonaban tan confusas y remotas. Diego se desplomaba al piso y quería abandonarse hastiado, pero le levantaban otra vez, lo adormecían y volvía a su cama. Caminaba con las manos extendidas como un monstruo y al verle Martín Vidal opinaba:

- Has aceptado que eres uno de nosotros.

Sin embargo, Diego seguía su marcha entre tinieblas y cuando lograba un poco de quietud en la tormenta que mezclaba gritos, sombras y acusaciones, Isabel se sentaba a su lado mirándole atentamente y los pacientes del Hospital vagaban junto a ellos como espectros.

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