miércoles, 5 de agosto de 2009

Si hubiera tenido astucia

Navaja



Cristián Berríos


Desconfío de cualquier persona que tenga los dientes impecables y la ropa limpia. Dificilmente podrìa sonreir a destajo ante ellos y pasearme con estos harapos. Las personas que evitan revolcarse con ropa suelen desconcentrarse con facilidad cuando se la sacan. Cuando uno nace guarro, lo mismo da un cabezazo en la marquesa o la losa fria del piso en la espalda.

Benedicto Robledo siempre andaba con un terno azul marino que ya se lo hubiera envidiado el Frei Asteir, hijo de puta no más. En mi casa la ropa se heredaba de los hermanos mayores a los chicos, cuando a uno le daba por matrimoniarse había que llevarse la cama y un hermano seguía durmiendo en el suelo. El destino del desgraciado se escribe sin el trabajoso paso del cincel sobre la piedra, màs bien es una pluma, como la que usaban los chinos, que baila tan graciosa sobre la hoja aunque su veredicto sea fatal. Un hombre que vive con los dientes podridos será aborrecido como el diablo, pero, apueste la raja, a que comprenderá del dolor y la soledad que otros temerían con solo avistarlas.

No fue mucha sorpresa cuando pillé al Benedicto galopeando como bandido mexicano sobre mi Rosa. Apenas se tendió de espaldas exhausto supo cual sería su suerte, al verme en el umbral de la puerta tan alto como un roble.

Sangró como cordero y al matecoco de quien les habla se le ocurre limpiar la hoja con el ternito del Benedicto, que si hubiera tenido astucia me fugo soltero y con pinta nueva.

Nunca había podido expresar estas ideas de corrido, ni siquiera estando a solas, sin más compañia que un perro, más bien venían como un sueño, con imagenes de rostros imperfectos y ahora al darme cuenta, en esta visión fabulosa, que cobro sabiduría pese a un montón de equivocaciones, presiento que no habrá un mañana para este viejo sino un cuerpo más junto al río.

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