martes, 24 de noviembre de 2009

La contraparte

La Contraparte

(Cristián Berríos)

Claro que la odiaba. Si fuera mujer sería exactamente como ella.

- ¿Sabes cual es el problema de ustedes los hombres?

- Tenemos más cerebro pero la testosterona nos hace imbéciles.

- Desean ser especiales para una mujer.

La entendía perfectamente, una de las pocas veces en que la visité en su departamento me había mostrado los regalos de sus amantes. Su cuarto parecía una multitienda, porque tenía perfumería, joyería, calzado... Sus amigas la idolatraban, pero parte del botín provenía de los maridos.

- ¿Sabes que mi madre se sacaba la cresta cosiendo ropa ajena? - Comenté sin darme cuenta.

De ahí en adelante, me llamaba por teléfono:- ¿Hijo de la costurera?, ven a lavarme el auto.

Que ganas de matarla tuve ese día pero se esmeró como nunca. Su sonrisa penetraba por los ojos como el Caballo de Troya y una vez en el hipotálamo, las entrañas, el corazón, la uretra, provocaba un daño tumefacto cuya pus volaba por los poros.

Recuerdo una vez que la invité a comer a su restaurant favorito. Antes de que ella pidiera el postre se me había ido tres cuartos del sueldo. Ningún costo era demasiado alto. Cada vez que se llevaba el vaso de vino a la boca coqueteaba con un cliente de la mesa más cercana o alguno de los meseros. Sonreí tristemente. Sonreí porque la encontraba puta, perra, cínica, era mi equivalente entre las mujeres.

- Yo soy fácil - Comentó una vez mientras me agarraba del escroto antes que pudiera detenerla.

- No lo había notado - Contesté mientras mis dedos negociaban a los rehenes.

-... Pero tú eres inmediato.

La mayoría de las veces salía conmigo cuando estaba en esos días. Poseo adversión a la sangre y eso me hacía inofensivo. Podía contarme de sus prejuicios contra las minorías, ideas políticas sesgadas, como desvirgaba jovencitos y despachaba al último amante. Eso la hacía más humana, despreciable hasta la ternura. Su ciclo era una redención, sabía que había estado con muchos hombres antes y estaría con tantos otros luego, y entremedio de esa legión mis acrobacias, una forma de castigarla a través del placer, eran una raya sobre el agua.

La odiaba. Triste naturaleza la del hombre, que dueño de un corazón tan puro se corrompe por el hormigueo preciso del cerebro, entonces, indefectiblemente, comete toda clase de estupideces. El genocidio se produce por un descerebrado que prueba su masculinidad aplastando un imperio. Sólo el arte resulta fructífero, ya que muchos ven poesía y pinceladas magistrales en los bosquejos paridos por un despechado. Está sabiduría le viene al hombre cinco segundos después de acabar y luego desaparece, por lo tanto debí recrear infinitamente el proceso antes de terminar una página.

Ella me hizo erudito en el infortunio, la amaba como a ninguna otra. Nunca sería mia. Nunca dejaría que la acariciara tiernamente sin necesidad de que entrase en ella. Nunca pariría a mis crías.Maldita. Mil veces maldita. Me habría encajado un catete, como el que instalaron en el cerebro a mi viejo para drenarle el liquido, si con eso me arrancaran los tiernos sentimientos que nacían en mi alma. Los exorcizaba dentro de su cuerpo, rellenándola de materia viscosa hasta los tímpanos, y aún así su presencia dentro de mi era más dominante.

Hubo un día en que dejó de contestarme el teléfono. La seguí bajo la lluvia, desde lejos, sintiéndome sucio, criminal. Le habría rogado de rodillas, arrastrándome como un perro, maldiciendo todo lo que amaba si con eso recuperara el tacto de sus partículas.

Pero nada funcionaría. Nada. Si me volara los sesos frente a sus ojos, esa misma noche estaría revolcándose con otro para sacarse el mal rato de encima.

¿No lo dije antes? Esa mujer era mi contraparte.

1 comentario:

Alondra dijo...

Me agrada este señor, ya te conte porque.
Buen día